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El Chinguito
El Sato

El Chinguito

Domingo J. Marqués

 

“De patitas, el perro con la gatita”

-Luis Perico Ortiz

 

 

El rocío cubría la grama y las hojas de las amapolas, el sol iba saliendo poco a poco. Al lado del árbol de mangó se acurrucaba un sato. Hocico y rabo juntos como si fueran uno. Las moscas azules se le pegaban en las rojas cicatrices, el Chinguito meneaba la cola para espantarlas, para que no lo sacaran de esa siesta mañanera que tanto aprecia. Pero ellas insistían, y el Chinguito sin despertar, usaba un temblor muscular para espantarlas. Sentía hambre, ya se acercaba la hora, abrió un poco sus ojos para ver que la sombra que le cubría se hacía más pequeña. Se levantó sacudió sus orejas ligeramente y bostezó, su lengua apuntaba al cielo. Se estiró agachando su lomo y tendiendo sus patas delanteras hacía el frente, y se sentó. Él era de un color como la arena de la playa, delgado y fibroso, como un púgil que se mantiene bajo peso pero fuerte. Su hocico era largo y delgado, de color negro, sus ojos tristes e inofensivos con una línea negra que sobrepasaba el párpado como buscando sus orejas. Sus orejas caídas como si hablaran del miedo que sentía de ser pateado.

Miraba fijamente a la casa de Doña Carmen, que le daba comida todas las mañanas, esperaba la salida de ella. A los pocos minutos salió la Doña plato en mano y silbando, el Chinguito puso sus orejas hacia el frente y se apresuró al festín. Esa lata de Alpo estaba más buena hoy, pensó el Chinguito, hoy le añadieron huevo. Y meneaba su rabo a mil millas por hora mirando a Doña Carmen como dando las gracias.”Que paaaacha con el perritoooo liiindo” dijo Doña Carmen, logrando que el Chinguito aumentara las revoluciones de su cola. Con su panza llena y relamiéndose le dio la mirada de despedida a Doña Carmen y se fue descansar. Al cabo de un par de horas se quedaba casi dormido cuando le saltaron encima y comenzaron a morderle, el se asustó y justo cuando pensó en usar sus colmillos olfateó a Cortijo, un perro amigo suyo. Cortijo no era como él, éste tenía amo, cadena, comida segura y un territorio demarcado, no-solo por sus orines, sino por una verja. Su dueño dejaba salir a Cortijo algunos días para que jugara con el Chinguito. Corrieron y saltaron un rato, en cuanto el Chinguito invitó a Cortijo a que le acompañara a unas fabricas cercanas a pasear, se escuchó el silbido de su amo, galletita de marca en mano, llamándole y gritando: “ Coooorrtiiiijoooo, toma bebooooo” Al mirar a su lado ya Cortijo no estaba, ya se saboreaba la galletita mientras su amo le ponía la cadena para amarrarle.

El Chinguito se dirigió a tomar su siesta y su baño de sol correspondiente al medio día, siempre lo hacía frente al buzón, en espera del cartero. Pero vio subir la guagua negra de Julio, un muchacho que visitaba la casa de su hermana y le daba siempre algo que le hacía más falta que la comida misma, le daba amor. Corrió a saludarle y justo cuando se abría la puerta y el se prestaba a saltar encima de Julio se encontró con Felipe, el hermano de Julio. “Arranque pa’ ya jodio chingo del demonio, pa donde viene” le gritó. El Chinguito regresó a su espera frente al buzón. “Ya mismo viene el señor del gorro blanco y el bulto que trae papeles” pensó el Chinguito. Al Chinguito le encantaba el cartero, porque sentía que lo intimidaba, se sentía fuerte. “Bendito mijo hoy es día oficial y el cartero no pasa chinguito” le gritó Don Gil desde el otro lado de la verja. El Chinguito se levantó y se colocó detrás de Don Gil en la verja. Don Gil era un coronel de la policía retirado que se sentaba todos los días, después de la comida, en la cera frente al terreno donde el Chinguito había sido abandonado hacía ya varios años. El Chinguito se sentaba quieto, como uno de los perros que se pueden ver en los jeroglíficos de las pirámides de Egipto. Don Gil lo captaba como disciplina, como si el Chinguito fuera un perro entrenado por el K-9. Se quedaba inmóvil, orejas erguidas y hocico cerrado, la mirada fija. Pero lo que no sabía Don Gil es que el Chinguito lo hizo por primera vez por la curiosidad que le causó el ver su cicatriz en el pecho. Al Don lo habían operado de corazón abierto y tenía una línea roja en el pecho que al Chinguito le pareció como un gusano o algo por estilo, y se quedó mirando con el ceño fruncido. Como ese día le dieron las sobras de la casa, lo siguió haciendo.

Luego de comer se quedó un rato al lado de Don Gil, como para no verse descortés. En ese momento se acercó Luisa, una vecina “Eso es un Yelman Chepel, ¿velda Gil?, mi primo tiene uno, pierden el olfato, tenga cuidao Don” Don Gil ni le contestó. “Pa’ mi que eh Yelman Chepel déso” insistía Luisa, mientras se fumaba su décimo cigarrillo del día. “Que Yelman ni Yelman, si yo me llamo Kikiki pa’ fuera” pensó El Chinguito mientras se retiraba a reposar su cena.

Se fue a su lugar favorito en el mundo, al lado derecho del árbol de mangó, y durmió. Luego de un rato en su siesta un fuerte olor le hizo despertar, se incorporó en sus cuatro patas. “Debe de ser una de las perras de la casa del lado” pensó, pero el olor era diferente. Cuando las perras de la casa del lado quedaban en celo el se acercaba a la verja pero como ellas estaban dentro de la casa el no podía aflorar sus instintos. Las feromonas se apoderaron de él y comenzó a bajar la cuesta. “¡Es en las fabricas, es en las fabricas, siiii!” se dijo. Se acercó al callejón, sintió una cosquillita en el vientre. Se paró frente a las escaleras que bajaban a la avenida de tres carriles, y la vio. Él la había visto antes, pero nunca sola, siempre con una jauría de perros bravos, a los que él no se atrevía a enfrentar. El olor era cada vez más fuerte, cruzó la avenida y se le acercó, el olor le parecía fascinante. Ella lo miró y le bajo las orejas, el no lo pudo creer, luego le meneó el rabo. “Esto nunca me había pasado” pensó el Chinguito. Siguió su instinto, además, había practicado mucho en la pierna de Julio cuando él se descuidaba. En momentos de confusión se le trepó a Cortijo pero el amo le enseñó que así no era, con un cadenazo. La perra lo aceptó como su amante y se efectuó el ritual. Luego de estar pegados por sus órganos cerca de una hora se miraron, se olfatearon. Luego la perra se acercó a él y le lamió la cara, era amor. El Chinguito la invitó a que visitaran al señor que vendía pinchos frente a la fabrica. El pinchero siempre les regalaba uno o dos pinchos que le sobraban. Ese día, al ser día oficial, le sobraron más de lo común. Se dieron un banquete los dos y se fueron a jugar un rato a la grama.

El Chinguito se dirigió hacía su calle para que la perra fuera con él, iba contento, no podía creer que había ganado el amor de la perra más pretendida por todos. Se dispuso  a cruzar la avenida cuando lo impactó un auto, el Chinguito rodó por dos carriles hasta caer al otro lado de la avenida, frente a las escaleras por las que bajó en busca de la fuente de ese olor. No sentía nada y no veía bien. Cuando sintió que le lamían la cara, era la perra, estaba gimiendo y, quejándose, estaba alterada. El Chinguito sentía que su instinto le decía mueres y miró a la perra llorar y dar vueltas en desesperación. Su último suspiro lo gastó en contemplar la perra y pensó “No llores, si supieras que éste fue el día más feliz de mi perra vida” y murió. La perra lo lloró y lo lamió. Subió las escaleras como para saber a donde le quería llevar el Chinguito. No sabía que tenía en su vientre la cría del Chinguito. Una camada de amor.