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La Casa Vieja
La Casa Vieja

La Casa Vieja

 

 

Por:  Domingo  J. Marqués

 

“La gente, con frecuencia,

estropea la obra cuando esta

ya para terminarla. Si tuviera

tanto cuidado al fin como al

principio, no estropearía sus

negocios.”- Lao Tze

 

Time is the fire in which we burn”

- Delmore Schwartz

 

 

 

Abrió sus ojos de repente y miró el abanico mohoso en el techo,

 

-¿Por que no se callará ese viejo estúpido?-pensó.

 

Se viró y miró a `Mis Pérez' le enfermera de turno.

 

-¿Esa mujer no se cansará?- pensó.

 

Se apresuró a sentarse en la cama antes de que la enfermera se acercara para atender a Don Jacinto, un señor que duerme en la cama  anterior a la suya. Agarró su camisa y se la colocó en su cuerpo cansado.

 

-No tengo la misma fuerza que antes. A lo mejor pertenezco aquí- pensó,

 

No sin antes levantarse de un tirón de su cama como para demostrarle a todos que todavía estaba fuerte. Procedió a ponerse las sandalias

 

-La misma ropa de nuevo- pensó, recordando su época de trabajo donde su esposa le planchaba su pantalón a diario.

 

-De seguro nadie hace eso ya- pensó. Buscó su bastón y se puso su sombrero.

 

-¿Cuándo vendrá mi hermano con el sombrero nuevo?. Este está bien asqueroso ya- pensó, y le dio mucha rabia al recordar que por culpa de su hermano estaba allí viviendo.

 

-Don Herminio, ¿ cómo esta usted hoy?- preguntó el enfermero nuevo.

 

-Mal- le respondió Don Herminio.

 

-¿Pero y porqué?-

 

- ¡Pol que esto es un corral, un... un... un corral de animaleh y dejamen pah'coño!- dijo molesto.

 

El muchacho nuevo bajó la cabeza de vergüenza y se escabulló rápidamente.

 

-La juventú no respeta ya- replicó Don Herminio mientras se dirigía a tomar el café prieto que sirven a las cinco de la mañana.

 

-Tan buen café colao que hacía Lucía- pensó recordando nuevamente a su esposa fenecida.

 

-Ella me dijo, “Moriré primero que tu” y asi fue- recordó.

 

 Luego dirigió su mirada al portón principal, grande, pesado y negro.

 

-Solo una cosa así duraría tantos años y tantos empujones-murmuro, y sintió una desesperación en su alma que solo la podía comparar con la que sintió cuando no pudo conseguir el dinero para regresar a la isla de Nueva York cincuenta años antes.

 

-La muerte es mejol que esto- murmuró, siendo interrumpido por la empleada del comedor que le daba su café prieto con pan.

 

-¿Dónde estará mi hijo?- pensó mientras soplaba su taza de café y se aseguraba que fuera la misma de todos los días. Comenzó a recordar a su hijo que nunca lo había visitado desde que estaba allí viviendo.

 

-Debe de estar muy ocupado con sus hijos y el trabajo.-pensó mientras salía del comedor.

 

Lentamente se dirigió por el pasillo hasta su silla frente al jardín interior que tenía el edificio. Su paso no llevaba tiempo, era lento y pesado. Solo el resentimiento le daba fuerza.

 

-Mi hermano la tiene que pagar, me engaño. - pensó de nuevo y miró la prensa local en una mesa.

 

-Pa' que si eso no sirve - pensó y miró al grupo que jugaba dominó.

 

 -To' los días la misma porquería de juego y ninguno sabe jugal- dijo

 

 -Don Herminio venga a jugal a ver si es verdá que sabe - dijo Don Víctor.

 

Don Herminio ni se detuvo y siguió con su paso triste, no se podía distinguir de su sombra. Se sentó y puso su bastón en la silla del lado para que nadie la ocupara. Luego  prendió un cigarrillo.

 

-Me queda solo uno, si mi hermano no me trae esta semana...-                   

 

  Sus ojos cansados por los años se abrieron grandes cuando vio que por el pasillo se dirigía hacia el Doña Gertrudis, una ferviente Católica que le daba bendiciones a todos los residentes.  

 

-Ya viene esta vieja loca a jodel pa' ca- dijo en voz alta para intimidarla. Doña Gertudris se desvió por el jardín para evitar a Don Herminio.

 

-Me alegro que lo sepas, yo... yo... yo vivo mi vida sabe.-

 

Doña Gertrudis aceleró el paso ante tal amenaza.

 

-Las palabras no me salen como antes-pensó

 

- Mis pensamientos son más lentos, y mis palabras mas todavía. Me estoy poniendo viejo - seguía pensando.

 

 Sus ojos se hicieron pesados...

 

-Su almuerzo Don- dijo el enfermero nuevo con voz temblorosa y colocó la bandeja con sopa, harina y una taza de leche.

 

-Yo no almuerzo, pa' que te entere esa comida es una porquería, es... es... es.. comida de enfermo, diabético, es pa' diabéticos - contestó Don Herminio

 

-A leche coltá es que sabe eso- dijo con voz temblorosa.

 

-Déjale la bandeja ahí quieta y vente pa' ca nene- dijo `Mis Pérez'.

 

Don Herminio se quedó mirando al enfermero nuevo fijamente.

 

-Yo vivo mi vida.- le dijo mientras el enfermero acogía su retirada.

 

- Ya es hora de almuerzo, me debí haber quedado dormido, pero no me di cuenta.- murmuró.

 

- Eso le pasa a los viejos enfermos de aquí - reflexionó Don Herminio.

 

Esperó a que `Mis Pérez' entrara al área de `postrados' para mirar que contenía la bandeja.

 

-Espero no caer en una cama de esas nunca, eso no es vida, total pa lo que hago aquí...- pensó.

 

 - Sopa, fó.- dijo y miró el otro recipiente que contenía harina.

 

- Hace tiempo que no como un poco - pensó.

 

-Tanta que comí en mi niñez, era la comida del pobre- dijo recordando sus tiempos en la finca donde vivía la familia.

 

Miró la cuchara para ver si estaba limpia y la pasó por su pantalón curtido y con la bragueta rota para asegurarse de que no tuviera nada. Comenzó a comer harina y recordó varias décadas en un minuto.  

 

-Buenas tardes Don, ¿Cómo se siente hoy?-

 

La voz sonaba juvenil, llena de energía, diferente a la de los empleados que era llena de dejadez. Era como una capa de pintura fresca sobre ese edificio de cien años. Tenía hasta cierta ternura. Don Herminio levantó su mano y no miró, su respuesta usual. Algo permeaba de la presencia del joven que le hizo mirar.

 

-Mal-respondió Don Herminio.

 

-No todos los días son buenos- le dijo el joven.

 

El joven era alto, esbelto, y traía una sonrisa que demostraba su nerviosismo ante la presencia de Don Herminio. Era demasiado incongruente con el ambiente que permeaba en el lugar.

 

 -Dígame en que le puedo ayudar, cuénteme- dijo el joven.

 

-Pues esto es una porquería estoy solo, no tengo amigos... - Dijo Don Herminio

 

- Pero si no le habla a nadie nunca tendrá amigos-le replicó el joven.

 

 -Es que no va... pa' que voy a hablal si aquí lo que hay es un chorro de locos... pa' gastal mi saliva... no' hombre no deja eso- contestó Don Herminio, mientras se limpiaba su boca de saliva.

 

-¡Hasta me babeo ya coño!- exclamó.

 

 El joven soltó una carcajada y se reflejaba en su cara su sorpresa.

 

-Se ríe de lo que digo, usualmente todos aquí se sorprenden- pensó Don Herminio.

 

-¿En qué tu trabajas mijo?- le preguntó al joven.

 

 -Yo no trabajo, soy estudiante. Estoy aquí para hacer un trabajo investigativo de la salida del convento de monjas de esta institución.-le explicó el joven.

 

-¿Trabajo investigativo, y pa' que diatre quieres eso?- preguntó Don Herminio.

 

-Para ver como afecta a este centro la salida de las monjitas. -respondió el joven.

 

 -¿Usted recuerda las Monjas Don Herminio?- preguntó el joven

 

 -Pues seguro que sí, ahora no va' habel respeto aquí, esas monjitas eran bu, bu... buenas conmigo.- replicó Don Herminio.

 

Miró a la capilla y se percató de que un grupo de señoras aún se reunían frente al portal. Don Herminio sacó su cajetilla y se fumo su ultimo cigarrillo.

 

 -Eso hace daño-replicó el joven.

 

 -¿ Si me muero que?. No pasa na'”-contestó.

 

El joven se dirigió para hablar con la sub-directora del centro. Don Herminio observaba a un perro que se coló en el centro y se acercaba a su pasillo.

 

-Ay mijo tu que tienes todas las libertades te metes aquí. Debes de estar bien chavao- le dijo al perro.

 

 El perro llevaba el mismo caminar lento de Don Herminio, de una vida muy accidentada. El perro era un sato mediano del color de la arena de la playa, orejas cortas y el rabo entre las patas. Se quedó a  su lado, durmió una siesta, se levantó, orinó las plantas de rosas del jardín y se marchó por la puerta principal del centro.

 

-¡Ojalá pudiera hacer lo mismo, meal esto y largarme coño!-pensó mientras miraba a los nietos de Don Víctor que lo visitan dos veces en semana.

 

No pudo dejar de  pensar en su hijo, en sus nietos que hace años que no ve. !Que triste perder la familia al tiempo! !Que dolor reducirlos a memorias débiles, cuando estoy tan solo! !Nadie puede haber sido tan malo para merecer esto, es peor que una cárcel, es tortura!. Esto fue lo que sintió Don Herminio al ver esa escena.

 

-¿Cómo pueden llevar cien años en este negocio de torturar gente?-murmuró mientras el joven se le acercaba y le entregó una cajetilla nueva de cigarrillos. Don Herminio no sabía como reaccionar, a lo mejor por el tiempo que llevaba sin recibir algún obsequio.

 

 -Gra…graci..cias mijo. Si tuviera chavos te pagaba ahora mismo.- Le dijo con pena en la mirada

 

-Me compraste los caros, hubieras comprao los otros.-

 

-No se preocupe que eso es para usted, para que no espere por nadie-

 

 -Además, los otros son Largos y Malos.- Dijo el joven en broma con intenciones de animar a Don Herminio.

 

-¿A que hora se acaban las horas de visitas?- le preguntó el joven para cambiar el tema.

 

- No sé… si yo no tengo amigos- le dijo con melancolía.

 

- Pero pronto, por que mira la fila de empleadas que hay en el ponchadol… media hora antes se paran ahí. Eso es to' los día- dijo enfáticamente Don Herminio.

 

El joven se quedó en silencio y observó a las tres enfermeras y las dos empleadas administrativas del centro que estaban enfrente del ponchador, tarjeta en mano esperando que el reloj diera las cuatro y media en punto para marcharse a sus casas.

 

 -Vaya dedicación al trabajo la que tienen aquí-

 

 -Eeh eso es to...to…to los día mijo.-

 

- ¿Don Herminio y usted se queda ahí sentado todo el día y no comparte ni nada?- -pregunto el joven.

 

-Pero pa que me voy a mover si aquí no hay na' que hacel, y ademah esta lleno e loco mijito-respondió señalando a un residente que continuamente cerraba y abría una puerta todo el día.

 

-Pues vaya y comparta con las mujeres, a lo mejor se enamora.-

 

-Queee voy yo pa' lla, a mi no me gustan las gallinas tuertas mijo- respondió Don Herminio.

 

Esto provoco un ataque de risa del joven que llamo la atención del grupo en el ponchador.

 

- Ay mi madre, me botan de aquí-dijo el joven.

 

- No te botan na' si ellas se pasan con una bachata to el día-exclamó Don Herminio mirando al grupo del ponchador.

 

-Bueno Don Herminio, yo también me voy que tengo clase, fue un placer, lo veo mañana-

 

-Bien mijo, cuídate-

 

      Miraba al joven en su caminar rápido, fuerte pero con la cabeza mirando al suelo como si pensara en mil cosas a la vez. El joven se unió a la fila de empleados que a las cuatro y media llenaban el camino al portón negro, grande y pesado que protegía la entrada del `escape' de los ancianos.

 

-Es igual que ellos- pensó Don Herminio -hoy día a nadie le importa na'-dijo, mientras miraba como el patio se vació y una ola de soledad le arropó.

 

Se sentía como todas las tardes cuando se vaciaba el centro, triste y silencioso, como un cementerio de vivos. ¡Que grande era el cansancio que sentía su cuerpo! Su mirada se escurrió y miro el cenicero lleno. !Que enorme pena colma mi cuerpo envejecido! ¡Que difícil morir, que difícil aferrarse al recuerdo y odiar nuestras experiencias presentes! Cien años en los que miles de ancianos se han sentido así. Cien años en la que la pesadilla es la compañía en la cama de estos ancianos. Cien años donde miles de sueños han aterrizado para nunca mas volar. Cien años de enfrentar la triste realidad de que la vida es un ciclo que no se detiene por nada ni nadie. Cien años de existencia solo le han dado más fuerza a este edificio, es imponente. La Vida es irónica, y más cuando termina otro día en La Casa Vieja.